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Continúo con las reflexiones acerca de la obra de Plotino, el filósofo neoplatónico, a la luz del libro de Pierre Hadot. En el artículo anterior de esta serie me refería a sus consideraciones relativas a los niveles del yo en la obra plotiniana.

Veíamos como la esencia superior del hombre se encuentra, de algún modo, para él, exiliada en el cuerpo,  extranjera en el mundo. Pero, en el recogimiento que le permite mirar hacia su interior, entendíamos también cómo le es dado al ser humano hallar las huellas que debieran conducirlo a la identidad con el Espíritu divino.

Pues quisiera ser consciente de la vida del espíritu, de la vida eterna que en él palpita, se prepara para ello el místico en el desasimiento de las cosas materiales y se pone en disposición de calma y de reposo. Prepara así el espejo de su conciencia para que sea ella capaz de reflejar las imágenes de las cosas trascendentes que viven en su más honda intimidad. Quisiera el místico abandonarlo todo por la experiencia privilegiada, sublime. Por la iluminación, por la contemplación, por la unión y el éxtasis místico.

Sumido en sí mismo, en trance profundo, pareciera que está por lograrla esa esperiencia. Que la alcanza. Pero justo en el momento de darlo, ese paso al grado sublime de conocimiento, deja de ser consciente de sí mismo. Carece su conciencia de la idoneidad suficiente para saber conscientemente del que es, en tales momentos, el objeto inefable de su conocimiento, en el cual se ha sumido. La memoria le dice luego al místico que ha salido, sí, de su yo inferior, pero también que ha sido incapaz de entrar conscientemente en su estado superior y de mantenerse conscientemente en él.
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De lo que ha vivido en esa plenitud no le queda nada preciso. Así, la experiencia mística queda reducida al vago recuerdo de algo indescriptiblemente luminoso, y ardoroso, y verdadero, pero imposible de expresar con palabras. Tal como explican sus visiones y comunicaciones los grandes místicos, tanto cristianos como judíos o musulmanes. Muchos de ellos herederos de Plotino.

Insiste Plotino. Para una experiencia tan intensa, la conciencia se queda corta. Nos dice con todo que ‘si no van acompañados de conciencia, los actos son más puros, más vivos; y, ciertamente, también cuando los hombres de bien logran alcanzar semejante estado, su vida es más intensa’, y aunque sumida en la inconsciencia, concentrada en ‘sí misma en un mismo punto’ (1,4,10,28).

Todo intento por comprender enteramente esos momentos de unidad, por fijarlos o conservarlos, es para el místico en vano, que no puede evitar volver a descender desde la presencia inconsciente de lo Uno y Absoluto a la sola e imprecisa memoria consciente de aquella unidad inefable en que misteriosamente coincidió, por un instante, con la simplicidad absoluta de la que procede toda vida y toda conciencia.

Son consideraciones que es necesario tener presentes a la hora de incursionar con provecho en la lectura de los grandes místicos como Juan de la Cruz o Teresa de Ávila, entre los cristianos.

Recuerdo a propósito unas coplas del patrono de los poetas en idioma español, místico de los mayores:

Entréme donde no supe,
y quedéme no sabiendo,
toda ciencia trascendiendo.

Yo no supe dónde entraba,
pero cuando allí me vi,
sin saber dónde me estaba,
grandes cosas entendí,
no diré lo que sentí,
que me quedé no sabiendo,
toda ciencia trascendiendo.

De paz y de piedad
era la ciencia perfecta,
en profunda soledad
entendida vía recta,
era cosa tan secreta,
que me quedé balbuciendo
toda ciencia trascendiendo.

Estaba tan embebido,
tan absorto y ajenado,
que se quedó mi sentido
de todo sentir privado,
y el espíritu dotado
de un entender no entendiendo,
toda ciencia trascendiendo.

El que allí llega de vero
de sí mismo desfallece;
cuanto sabía primero
mucho bajo le parece,
y su sombra tanto crece,
que se queda no sabiendo,
toda ciencia trascendiendo.

Cuanto más alto se sube,
tanto menos se entendía,
que es la tenebrosa nube
que a la noche esclarecía;
por eso quien la sabía
queda siempre no sabiendo,
toda ciencia trascendiendo.

Este saber no sabiendo
es de tan alto poder,
que los sabios arguyendo
jamás le pueden vencer,
que no llega su saber
a no entender entendiendo,
toda ciencia trascendiendo.

Y es de tan alta excelencia
aqueste sumo saber,
que no hay facultad ni ciencia
que le puedan emprender;
quien se supiere vencer
con un no saber sabiendo,
irá siempre trascendiendo.

Y si lo queréis oír,
consiste esta suma ciencia
en un subido sentir
de la divinal Esencia;
es obra de su clemencia
hacer quedar no entendiendo,
toda ciencia trascendiendo.

Plotino, maestro de saber filosófico. San Juan de la Cruz, maestro de la paradoja y de la poesía. ¿Cuál de los dos más expresivo?
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© 2012 Lino Althaner