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El hombre suele asegurarse de hacer conveniente ostentación de sus oropeles hasta después de muerto. Y si él mismo no ha dispuesto convenientemente lo necesario, sus hijos se hacen cargo de costosos funerales. Y no es raro que lo hagan para lucirse a sí mismos con el pretexto del que ha muerto. Para llorarse a sí mismos, a pretexto de llorar al que ha partido a mejor vida. A este respecto habría que tener presente la anécdota concerniente a la muerte de Chuang Tse, según se refiere en el libro del mismo nombre (XXXII.XII). Para aprender acerca de la vanidad de la ostentación.
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‘A punto de morir Chuang Tse, era deseo de sus discípulos hacerle unas suntuosas exequias.
Mas díjoles el Maestro:

-“El Cielo y la Tierra serán mi doble ataúd, el sol y la luna mis dos discos de jade, las estrellas mis perlas, y el millón de seres mis presentes funerarios. ¿Acaso no es bastante para mis exequias? ¿Qué más se puede añadir?”
-“Tenemos miedo -dijeron los discípulos- no os devoren los cuervos y los milanos.”
-“Arriba devorado por los cuervos y milanos -dijo Chuang Tse-, abajo por los alacranes y las hormigas; queréis quitárselo a los unos para dárselo a los otros, ¿por qué sois tan poco ecuánimes?”

-…-

‘El que hace ostentación de su persona es esclavo de los demás; el hombre de plenitud espiritual es la prueba. Desde hace mucho tiempo se sabe que el que hace ostentación de su persona no alcanza ni de lejos al hombre de plenitud espiritual, aunque los estúpidos siguen fiándose de lo que ven cuando tratan con los demás. Sus méritos se quedan fuera. ¿No es harto de lamentar?’

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Sabemos, por lo demás, que lo que subsiste no es el cuerpo físico. Es un cuerpo glorioso, hecho de pura luz espiritual.
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Los discos de jade se depositaban en el interior de las tumbas chinas, como símbolo protector de la persona fallecida. Hay vestigios del neolítico que dan cuenta de esta tradición.
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© 2012 Lino Althaner