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La cultura de las gentes de China ha estado presente en Todo el Oro del Mundo con cierta frecuencia. El plural de ´gentes’  se justifica aquí con creces si se considera que en el territorio de la China actual conviven más de medio centenar de etnias.  Sin duda, habrá significativas diferencias entre unas y otras: las de la estepa o el desierto, las de la tierras fértiles con sus grandes arrozales, las vecinas a las montañas del Himalaya, entre otras. Parece claro, sin embargo, que algo en común las atraviesa. La unidad política, vivida en distinta medida durante sus grandes dinastías, y presente en la China actual, ha contribuido sin duda a gestar la comunidad cultural, promoviendo la relación entre las distintas tradiciones y formas de ver el mundo. La prolongada permanencia del confucianismo, del taoísmo y del budismo, con su tendencia práctica al sincretismo, ha ayudado también, me parece, a generar esta poderosa comunidad cultural.
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El taoísmo, por ejemplo, parece haber dejado su huella en todas las comarcas de este enorme país. La veneración por la naturaleza, en la cual se vislumbra una armonía, una majestuosa e imperturbable serenidad, que se impone sobre los afanes de los hombres, ¿no ha de ser interpretada acaso, en parte a lo menos, como producto de la creencia en una fuerza misteriosa, casi divina, que opera en el cosmos -en el Cielo, en la Tierra y en la Humanidad- para toda contradicción u oposición, todo accidente, volverlos armonía? A los ritmos y pulsiones de esa fuerza -el Tao- debe, pues, el hombre ajustarse, al espíritu que se revela en el orden natural.
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Tanto en el arte tradicional de China como en el contemporáneo, ese sentimiento casi religioso del hombre hacia el entorno de que se sabe parte integrante, está muy presente. Lo advertimos, así, en la pintura de paisajes: en aquéllos, por ejemplo, en que las formas -bosques, montañas, ermitas, caseríos- se desprenden suavemente del entorno nuboso para formar con éste un todo pleno de equilibrio. O aquellos otros en que se muestra la belleza de los matorrales, de las flores, de los insectos, a veces con una economía de recursos fascinante, dejando que las formas alternen en la tela con los espacios vacíos. O la belleza de los hombres, de sus juegos y de sus labores, también de sus retiros. Así como el hombre campesino, el artista posee la sensibilidad natural que le permite contemplar con respeto casi ritual las maravillas de la naturaleza. Así lo expresa el pintor en su obra, unida con frecuencia a la caligrafía y a la poesía, artes mayores de la cultura china. 
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La fotografía tiene con frecuencia en China una innegable cualidad artística. Ello nos parece patente en la obra de Jialiang Gao, fotógrafo chino cuya forma de captar los arrozales plantados en las estribaciones de las montañas de Yunnan nos parece tan espléndida. La naturaleza le ayuda, claro, y en forma significativa. La belleza presente en la naturaleza se traslada al medio empleado por el artista, que se esfuerza por que su representación haga énfasis en las formas, el punto de vista o el grado de luminosidad que le parecen más propicios para el efecto que desea lograr.  

Yunnan es una provincia del extremo meridional de China, que limita con Myanmar (Birmania), Laos y Vietnam. El medio  es predominantemente tropical, aunque hacia el noroeste se avecinan las crecientes alturas de los montes Himalaya.
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Enfrentado a estos arrozales, estructurados en forma de terrazas que se extienden por las configuraciones montañosas, el hombre -nos dice Jialiang Gao- se siente como si estuviera en una sala de conciertos. En ella, el paisaje sería el equivalente al escenario, mientras que la partitura la formarían las líneas que señalan los contornos;  los hombres de la etnia Hani, que construyeron las terrazas, serían los virtuosos instrumentistas mientras que las fluctuaciones interminables de la luz y la sombra harían las veces de quien dirije con su batuta la interpretación del magnífico poema tonal.
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La grandiosidad de los arrozales es difícilmente expresable en palabras. En algunos sitios, parece como si ni una sola pulgada de tierra hubiera sido dejada sin cultivar. Las sinuosidades de las terrazas, respetuosas del contorno natural, se despliegan como en un enorme anfiteatro que suele tener el colorido y el ritmo de una pintura abstracta. El verde de las plantaciones jóvenes alterna con el azul del cielo y el amarillo del agua barrosa con el plateado reflejo de la luz del sol.
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Pero además, estos campos parecen haber sido trazados con la delicadeza de un escultor o la finura y minuciosidad de un orfebre. Aquí se manifiesta espontáneamente el genio de un pueblo, logrando que su eficiencia laboral se manifieste en magnífica belleza, perfectamente consonante con su medio natural. Esfuerzo humano delicadamente balanceado para no entorpecer el ambiente. Contradictorio sería que hubiera sido alcanzado a costa de un indebido sacrificio de los hombres comprometidos en la tarea. Me cuesta entender estas labores como producto de la pura disciplina del látigo y del férreo control.

Música, pintura, escultura, podemos vincularlas sin esfuerzo a este paisaje. Los Hani, autores de esta maravilla, son originarios de territorios más norteños, desde los cuales habrían emigrado hace más de un milenio. Se dice de ellos que fueron los primeros en convertir el arroz silvestre en objeto de cultivo y que en estas tierras, ubicadas entre mil quinientos y dos mil metros de altitud, saturadas de humedad, habrían encontrado el lugar ideal para elevar significativamente la productividad de sus campos. Nos dice Jialiang Gao que, dotados de una perseverancia y disciplina proverbiales, lo natural para ellos es dedicar su vida al cultivo de estos arrozales, como modo de asegurar su mantenimiento y el de sus descendientes. Y que gustan que sus restos reposen en estas terrazas al fin de sus días.
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Y agrega que son genios de la ecología. Se aseguran la provisión de agua fresca viviendo bajo las alturas boscosas de las montañas, que además los proveen de leña y materiales de construcción. Bajo sus aldeas se despliegan miles de hectáreas de terrazas arroceras que les aseguran su alimentación. Esta disposición permite además que los desechos de los lugares en que habitan se deslicen naturalmente hacia los campos para fertilizar la tierra.

En torno a estos arrozales se despliega la vida de alrededor de un millón de personas, no solamente de la etnia Hani. En ellos se integran el paisaje y la obra humana como un símbolo de la capacidad humana para construir una armoniosa relación con la naturaleza.
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Con gran placer comparto con ustedes el patrimonio de este pueblo admirable, del que mucho tendríamos que aprender. ¡Los grandes constructores de torres de latón y plástico vidrioso, cómo encontrarán de pequeño todo esto!

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Este artículo ha sido posible gracias a la generosidad de Jialiang Gao y de su sitio www.peace-on-earth.org
.Zhōnghuá


© Lino Althaner
2012