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Sólo Dios sabe quiénes son y de dónde vienen
Crónica de Novgorod

Se podría decir que los guerreros mongoles vivían en la silla de montar. Si hasta podían dormir a lomos de sus caballos. Cambiando de montura tantas veces como fuere necesario, eran capaces de atravesar enormes distancias con increíble velocidad. Caballo y guerrero eran un todo impresionante, casi sobrenatural. Por lo demás, los mongoles hacían gala de una planificación rigurosa de las operaciones, de una gran coordinación y también de una eficiencia avasalladora. Así se hicieron dueños del Asia Central para de pronto llegar al este europeo -Rusia, Polonia, Hungría- donde parecieron, a los pueblos de esa época, como manifestación de la ira de Dios. Aunque lo eran sólo, como en tantos otros enfrentamientos bélicos, de la ira y de la codicia humanas.
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Wang Kewei – image from Cuaderno de Retazos
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¿Serían acaso como éste?

El caso es que, al mando de Gengis Kan, a partir del año 1206, empezaron a conquistar China, vecina meridional de la tierra mongol. Para ello hubieron de vencer a los ejércitos de la dinastía Song, lo que al parecer no les fue muy difícil -los chinos, para honra suya, nunca han sido muy buenos guerreros- para luego imponer su propia dinastía, que llamaron Yuan (Origen). Origen de algo que no duró sino poco más de una centuria (1279-1368).

Muchas personas cultas de esos tiempos se resistieron a servir a los mongoles en el gobierno y la burocracia. Algunos optaron por un retiro dedicado al estudio y al perfeccionamiento personal. Otros cultivaron sus dotes para la poesía y la pintura. Uno de ellos fue Gong Kai, quien se especializó en la pintura de caballos. Su obra más conocida es la representación a tinta china de este ‘caballo esquelético’, que es posible admirar en el Museo Municipal de Bellas Artes de la ciudad de Osaka, en Japón.
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Gong Kai (1222-1307) – Caballo esquelético – imagen de wikipedia.org

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Es posible que este caballo represente a la misma dinastía Song, disminuida primero durante la conquista mongol y luego expulsada por completo del poder. Pero hay que tener también presente que el caballo, en esos tiempos, simbolizaba en China al hombre en general y en especial al hombre culto. Al hombre chino de formación tradicional, condenado a vivir en un medio que no apreciaba sus valores y que había sustituido el estilo de vida confuciano por el de los bárbaros norteños, muy diestros para domar caballos y hacer la guerra, pero poco calificados para gobernar China.

El caballo de Gong Kai ostenta con orgullo su delgadez. Ella representa, a mi modo de ver, la fortaleza de unos hombres muy orgullosos de la diferencia que los distinguía del ocupante mongol. ¿No es acaso la digna debilidad del hombre chino tradicional la que se enfrenta a la fuerza brutal del conquistador?  Parece que esos chinos refinados,  junto con ver simbolizada en el caballo macilento la realidad insatisfactoria del país bajo la dinastía Yuan, intuían en él una apostura y una autenticidad digna de un espléndido futuro.

Cincuenta años después de la muerte de Gong Kai, los mongoles Yuan daban paso a la dinastía Ming, que gobernaría hasta mediados del siglo XVII.

En la pintura está latente, por lo demás, un motivo repetido en la filosofía y en la literatura chinas. El de la debilidad que triunfa sobre la fuerza. El de la pasividad perseverante que se impone a la acción desmesurada.

Pues como dice el capítulo XLIII del Tao Te King:

‘Lo más blando bajo el cielo
domina a lo más duro bajo el cielo’.
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© 2012 Lino Althaner