El hombre de corazón se encanta con la montaña;
el hombre de inteligencia goza del agua.
Confucio

La mano del pintor paisajista moja al pincel en la tinta para luego concentrarse en la justa pincelada, la que ha de hacer perceptible en la obra  la forma en que las energías operantes en la transformación incesante del universo se despliegan y alcanzan su equilibrio. Ellas se expresan fundamentalmente, según dijera en la última entrada concerniente a la obra de Shitao, el pintor chino de principios de la dinastía Qing, en la relación del yang de la montaña con el yin del agua, que en la obra pictórica acabada se muestran  en armónica síntesis.

Además, hay que decir que esas fuerzas profundas, la montaña y el agua, tienen correspondencias que se revelan en la sensibilidad humana. Es decir que la esencia del hombre también está constituida por sus porciones de montaña (yang) y de agua (yin). Es así como la pincelada, junto con mostrar la esencia del paisaje en equilibrio, apunta también, de una forma misteriosa y por vías más bien inconscientes, a la esencia anímica del artista pintor.
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La naturaleza no es tan solo un marco externo. La naturaleza ‘tiende al hombre un espejo fraterno que le permite descubrirse y superarse’. Así, el hombre puede conocer en qué medida y de qué forma están presentes en él mismo las virtudes de la montaña y del agua; si alcanzan en él el deseado equilibrio. La pintura se vuelve símbolo del paisaje interno del ser humano, y las figuras se tornan representación de un mundo interior. Asociada a los ideales del espíritu chino se halla una concepción que motiva al ser humano a vivir la naturaleza con gran intensidad para luego interiorizarla, vivirla, y expresarla mediante los signos pictóricos. Entonces, no sólo la obra artística adquiere la perfección a través de la pincelada: también puede alcanzarla el hombre, que ejerciendo el arte de la pintura, aprende a conocerse a sí mismo y a mejorarse de sus defectos.

Intuyo que algo así podría plantearse con respecto a cualquiera otra actividad artística, sea de carácter plástico, literario o musical. Una verdadera mística del signo artístico. En el arte occidental, también encontramos, ciertamente, señales de esa mística. 

Pero vuelvo a lo que decía sobre la pintura china tradicional. Explica Francois Cheng en su libro que el paisaje no debe ser entendido tan solo ni como pintura naturalista, de la cual el hombre se halle ausente o se encuentre diluido; ni como pintura animista, que pretenda dar forma humana a las exterioridades del paisaje; ni menos se contenta con ser simple medio para mostrar vistas hermosas que admirar. Incluso cuando el hombre no aparece figurativamente en la pintura, incluso entonces ‘está eminentemente presente en los rasgos de la naturaleza que, vivida o soñada por el hombre, no es más que la proyección de su propia naturaleza profunda, habitada toda por una visión interior’, en que, por ejemplo, los valles están asociados a formas femeninas, receptáculos y vehículos del don, y las rocas dicen de atormentados gestos humanos.
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Así, pues, ‘pintar un paisaje es retratar al hombre, … un ser ligado a los movimientos fundamentales del universo. Se expresan -en él- la manera de ser del hombre: sus actitudes, su paso, su ritmo, su espíritu … Y los contrastes e interacciones entre los elementos visibles  del cuadro son los estados propios del hombre: sus temores, sus éxtasis, sus impulsos, sus contradicciones, sus deseos vividos o no saciados … ; el pintor chino, a partir de los siglos IX y X, privilegia el paisaje, que, a la par de revelar el misterio de la naturaleza, le parece adecuado para expresar a la vez los sueños y los rasgos profundos del hombre’.

En un párrafo especialmente hermoso desde el punto de vista literario, y elocuente para expresar su visión del arte pictórico, Shitao profundiza en el tema de las correspondencias cualitativas entre el hombre y la naturaleza:

‘En la montaña, las cualidades del cielo se revelan de manera infinita: la dignidad mediante la cual la montaña obtiene su masa; el espíritu mediante el cual la montaña manifiesta su alma; la creatividad mediante la cual la montaña realiza sus espejismos cambiantes; la virtud que forma la disciplina de la montaña; el silencio que guarda la montaña en su interior; la etiqueta que se expresa en las curvas y las pendientes de la montaña; la armonía que realiza la montaña con sus vueltas y sus recodos; la prudente reserva que encierra la montaña en sus caletas; la sabiduría que revela la montaña en su vacío animado; el refinamiento que se manifiesta en la gracia pura de la montaña; el arrojo que expresa la montaña en sus pliegues y desniveles; la audacia que muestra la montaña en sus terribles precipicios; la elevación con la cual la montaña domina altivamente; la inmensidad que revela la montaña en su caos macizo; la pequeñez que descubre la montaña en sus accesos diminutos …
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‘Si la montaña tiene tales cualidades, ¿cómo no las va a tener el agua? El agua no carece de acción ni de cualidades. En lo tocante al agua: por la virtud, forma la inmensidad de los océanos y la extensión de los lagos; por la rectitud, halla la humildad descendente y la conformidad a la etiqueta; por el tao, mueve sus mareas sin tregua; por la audacia, le abre paso a su marcha firme y a su impetuoso impulso; por la regla, sosiega sus remolinos al unísono; por la penetración, realiza su lejana plenitud y su universal alcance; por la bondad, realiza su brotar claro y su fresca pureza; por la constancia, lleva infaliblemente su curso hacia el este: Si el agua, cuyas cualidades se manifiestan así visiblemente en las olas del océano y en la profundidad de las bahías, no regulara su comportamiento por ellas, ¿cómo podría envolver todos los paisajes del mundo y traspasar la tierra con sus venas?

‘Aquel que sólo pueda obrar a partir de la montaña y no del agua se hallaría como sumergido en medio del océano sin conocer la orilla, o sería como la ribera que ignora la existencia del océano. Por ello, el hombre inteligente conoce la ribera al mismo tiempo que se deja llevar por el curso del agua; escucha los manantiales y se complace a orillas del agua.’
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El paisaje, así considerado, es capaz de mostrar los aspectos del ser humano que tienden a la perfección como asimismo los que conducen al error y al defecto. El hombre, como parte integrante de la naturaleza, encuentra en la pintura del paisaje, a juicio de Shitao, indicios de sí mismo.  Especialmente el artista pintor, ha de encontrar en ella el espejo que,  según dijiera más arriba, la naturaleza le tiende con el fin de reflejar en la obra pictórica el retrato misterioso de sí mismo
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© 2012 Lino Althaner