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La naturaleza es como un libro, como un gran libro que requiere de toda nuestra atención para que seamos capaces de desentrañar una parte al menos de su significado profundo e intuir su verdad escondida. Como suele ocurrir en los libros mayores, en las escrituras santas de las religiones por ejemplo, en ellas no se impone el puro sentido literal, la sola superficie. Así también en la naturaleza por sobre el sentido superficial se anuncia uno más profundo.

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La naturaleza está poblada de misteriosas alusiones, de significaciones que es preciso buscar entre las líneas de un texto infinito. Nos dice de misterio en un cosmos repleto de símbolos, de ambiguas semejanzas, de equívocas manifestaciones, de alegorías, de enigmáticas parábolas, de ecuaciones impregnadas de una lógica sobrehumana. De fuerza y de belleza. Y también de violencia y de horror. Es como un laberinto que solo de forma ocasional anuncia una salida. Y aunque la ciencia proclama sus proezas, sigue escondida a los sentidos del hombre una parte muy significativa de la realidad, la más importante desde luego. Los más exquisitos instrumentos, ideados por el hombre para auxiliar a sus sentidos, siguen siendo insuficientes para llegar al corazón, a la médula misma de la realidad.

Que la verdad se manifieste al hombre como la luz del día parece imposible. O que nos estremezca como el resplandor de un relámpago que supera súbitamente todas las dificultades interpretativas. Solamente a los ojos de algún gran iluminado, místico o profeta, parece ocurrir que la creación se muestre siempre transparente y que la vida transcurra sin cesar en semejante resplandor. Nos sentimos agradecidos con el solo reflejo fugaz de lo que parece ocultarse tras las apariencias, una mañana frente al mar, una tarde en la montaña, una noche junto al aliento que amamos.

Nada más y nada menos que hombres, nos  pasamos la vida en las tinieblas o en el claroscuro que fabrica nuestro anhelo de saber. Pero muchos ni siquiera se gastan en buscar: se resignan a vivir en la apariencia y en la exterioridad, en el deseo mundano que no lo consuela sino un instante pasajero, y que lo hace sordo y ciego a la belleza que suele intuir en su entorno o en su interior.

Es difícil, con todo, que alguien no haya tenido, a lo menos una vez en su existencia, la intuición de que una esencia increada, una causa primera plena de energía generadora, sea de alguna manera el fundamento de la vida; una inefable inteligencia, un aliento que origina, que renueva y que conserva toda la belleza que apreciamos maravillados en nuestro entorno y en nuestro interior, la cual da sentido también a las contradicciones y a la imperfección siempre presentes.

Religiones y filosofías disputan acerca de cómo sea en verdad esa indescriptible divinidad. Se suele describirla en términos antropomórficos. Así, las escrituras de las religiones monoteístas se refieren a Dios como un varón anciano, que viera y hablara, se pusiera de pie, caminara, se sentase, o como si estuviera contento o triste o enojado. Lo imaginan como juez o legislador o jefe de un pueblo o de un ejército, que quizás resultara necesario instaurar a la hora  de poner orden en una comunidad inmadura y darle fuerzas para imponerse a sus adversarios. La mitología suele introducir la ficción y la fantasía en la descripción de lo divino, intentando también explicar la realidad suprema e inalcanzable que es la cuna del ser y el origen de la vida, en términos humanos.

No por ello pierden esas escrituras la grandeza en su intento de manifestar lo inefable con la capa alegórica y simbólica de la narración, de la poesía y del precepto capaces de acercar lo divino a las capacidades humanas de percepción y entendimiento. Tratando de explicar la naturaleza divina intentan explicar la inmensidad de la naturaleza que se despliega ante el ser humano, el espíritu sagrado que se aloja en su interior, la belleza que el propio hombre es capaz de crear. Todo lo que quiere revelarse como gloria de Dios.

De ello seguiremos conversando.

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© 2014 Lino Althaner