A partir del pensamiento griego, le es cada vez más fácil al hombre occidental interpretar los estados de la naturaleza externa de manera exclusivamente impersonal, casi matemática. En este ámbito, un impulso aparentemente imparable se despliega hacia la comprensión objetiva del mundo, exenta de todo elemento no cuantificable. Quedan muchas preguntas por responder en el ámbito de la comprensión del macrocosmos, tal vez las más importantes, tal vez suscitadoras de respuestas capaces de echar por tierra una buena parte de la inteligencia del universo que actualmente consideramos dogmática. Pero la tendencia es claramente esa, la de la comprensión de lo natural que se ubica fuera del ser humano por los caminos de la física, las matemáticas y la lógica.

Mirando hacia el interior de sí mismo, la visión del ser humano no es la misma. Hay territorios investigados conforme a parámetros científicos, tales como los que estudian la anatomía, la fisiología, la patología. Pero cuando se llega a los estados internos de la conciencia humana, allí se despliega un mundo que se resiste a los intentos de cuantificación. Lo supuestamente objetivo está aquí fuera de lugar. El pensamiento matemático, la lógica, aquí desesperan. Si hay algo que parece marcar los llamados intentos científicos, de la psicología y de la psiquiatría, por ejemplo, es la de no ser sino estructuras teóricas más o menos arbitrarias y marcadas constitutivamente por el elemento provisional. No podía ser de otro modo, ya que este es el reino, en el cual por sobre la racionalidad de la vigilia consciente, imperan la imaginación, la locura de los sueños, la poesía, la mística. Un territorio limítrofe, que podríamos llamar el reino de lo inimaginable, de lo indescriptible, de otro que allí recién comienza. Es el reino del arte.

 

Virgil Solis, Orpheus with lyre and animals (1563)

Virgil Solis, Orpheus with lyre and animals (1563)


A propósito, es que se pregunta Joscelyn Godwin, en un hermoso ensayo titulado “La cadena áurea de Orfeo” (Siruela, 2009) si la música es una ciencia o un arte. La respuesta de Godwin: ¡La música es ambas cosas a la vez!

“Desde el punto macrocósmico -señala- consiste en un fenómeno físico con principios cuantificables de ritmo y armonía. Y agrega que “en nuestros días, la interpretación completa de una sinfonía puede ser codificada mediante las fórmulas de una grabación digital, con todos sus detalles y matices.” Desde el punto de vista microcósmico, sin embargo, la misma sinfonía es “algo muy distinto; es un registro de los estados cambiantes de la psique. Consiste en las cualidades y no en las cantidades de la experiencia, que no pueden ser traducidas a ningún otro lenguaje.” 

Un registro de estados psíquicos, de sentimientos, de ideales estéticos, un registro armónico, expresivo, desesperado, de lo que ocurre en la mente del compositor. Que se vuelve, en su momento, en experiencia interpretativa y en pura audición de quien se entrega con todo su ser a la comprensión capaz de procurarle un goce sin igual.

La música es, según Godwin, “el punto en el cual se deshace la dicotomía entre la ciencia y el arte, donde cada cantidad es también una cualidad, y cada momento psíquico, físicamente demostrable.”

La música nos da un instrumento “para integrar la experiencia de las dos caras de Jano, reflejo de los mundos interno y externo.”

A la mayoría de nosotros, que carecemos de los dones que reciben el compositor o el intérprete, y que debemos atenernos a los goces de la audición, nos vienen bien estas palabras del místico iranio Al-Gazzali (1058-1111):

“La causa de esos estados que acontecen al corazón mediante la escucha de la música, es el secreto del Supremo Dios, consistente en la relación de la medida de los tonos con las almas, y el sometimiento de éstos a aquéllas, tanto como de las impresiones que les llegan: anhelo y gozo, tristeza, euforia o depresión. El conocimiento de por qué las almas reciben las impresiones a través de los sonidos pertenece a lo más sutil de la ciencia de las revelaciones, con la cual los sufíes son agraciados.”

 

© 2014
Lino Althaner