El niño se encuentra siempre delante y detrás de nosotros. Detrás, es la sombra infantil que debemos abandonar, la niñez a la que debemos renunciar, aquello que siempre tira de nosotros regresivamente y nos hace infantiles, dependientes, perezosos y traviesos y que nos impulsa a eludir los problemas, las responsabilidades y la vida. Por otro lado, si el niño aparece delante nuestro, significa renovación, juventud eterna, espontaneidad y nuevas posibilidades -el flujo de la vida hacia un futuro creativo-. El gran problema consiste en decidir, ante cada situación, si se trata de un impulso infantil meramente regresivo o si se trata de un impulso de apariencia infantil pero que, en realidad, debería aceptarse y vivirse, porque nos impulsa hacia adelante.

Marie-Louise von Franz


En la introducción a su libro Así habló Zarathustra, explica Nietzsche que en la vida del espíritu se distinguen tres etapas. En la primera, es el espíritu como el camello, que se arrodilla y dice ‘deposita la carga sobre mí’. Pero cuando el camello está bien cargado, se levanta y parte en dirección al desierto, donde se descubrirá a sí mismo y se transformará en un león. La función del león consiste en matar a un dragón cuyo nombre es ‘Obedece’. Así, pues, después de hallarse sometido a la obediencia y al aprendizaje externo, el espíritu encuentra una fuerza y una energía que le eran desconocidas, la necesaria para matar al dragón. Una vez muerto el dragón, el león que ha alcanzado la libertad, se transforma en un niño.

El niño representa la espontaneidad, la autenticidad. El espíritu ha recuperado la inocencia y despreocupación propias de la infancia y tiene el valor de seguir sus impulsos. Es el estado que alcanza luego de matar al dragón ‘Obedece’.

El hombre que ha matado al dragón y se ha transformado en un niño, debe comenzar por vivir según sus propias normas, no según las de los demás. No se trata de que necesariamente deba despreciarlas o ponerse a la tarea de violarlas sistemáticamente, aquéllas que no calzan con su voz interior. Debe respetarlas, por último, como se respetan las luces del semáforo. Y manteniendo a raya la soberbia, en espíritu de silencio y de humildad.

El hombre que ha matado al dragón respeta las normas que están conformes con su concepto del orden, de la decencia, de la libertad, de la dignidad humana. Las demás, si agreden a la chispa de su espíritu, las rechazará. O, forzado, será obligado a cumplirlas como un prisionero las de la cárcel en que ha sido recluido. Pues carecen para él de autoridad. El hombre que ha matado al dragón no encuentra la autoridad fuera de sí mismo. Sino sólo en su interior, donde suena la voz de la verdad y de la vida. La voz que identifica con la de su Arquetipo. El hombre que ha matado al dragón se vuelve niño.

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En el Evangelio se exige a los hombres volverse como niños.  Pues dice Jesús: ‘Yo os aseguro: si no cambiáis y os hacéis como los niños, no entraréis en el reino de los cielos’ (Mt 18, 3). Y en Juan: ‘Quien no nazca de lo alto no podrá ver el reino de Dios’ (3,3). Surge, sin embargo, la paradoja, cuando luego dice Pablo en 1 Cor 13, 11: ‘Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño y razonaba como niño. Al hacerme hombre, dejé todas las cosas de niño’. ¿En qué sentido nos llama la Palabra a ser como niños? ¿Es acaso posible hacernos como niños y dejar las cosas de la infancia? ¿Hay, en el hacerse como niños, un aspecto positivo junto a otro negativo? Así parece ser. A ello se refiere Marie-Louise von Franz en el epígrafe de este artículo.

Porque alcanzar la madurez es consumar una síntesis en la cual se vuelven a hacer presentes la sensación de plenitud, la alegría de ser, la confianza ilimitada, la capacidad de soñar y ensoñar, propias de la infancia. Aunque los ideales y los sueños deban ser  integrados en el acto real de vivir.  ¡Qué maravilla de experiencia! Entonces, ‘uno se siente lleno de asombro sin ser ingenuo, reverente sin ser cándido, humilde sin ser sumiso’, pues lo invade ‘una concentración, una integridad, una sabiduría y una compasión’ que son propios de la experiencia, del camino recorrido. ‘Entonces, uno se encuentra con la objetividad y el conocimiento real, uno se maravilla con los auténticos misterios y confía en la auténtica bondad del ser’.

Pero si en el tránsito de la niñez a la juventud y luego a la adultez y a la madurez, el hombre se queda en la pura inocencia o se vuelve irresponsablemente a los goces de la infancia, al puro vuelo de ensueños sin raigambre en la realidad, pone en riesgo su realización como persona. Si se niega a los desafíos y los enfrentamientos consigo mismo, a los compromisos, a los avances, conversiones y transformaciones, se vuelve uno también niño, aunque ahora en forma negativa. Si renunciamos a la tarea de crear nuestro propio universo de creencias y de valores, si nos agotamos en el trabajo de pulir nuestra personalidad, si  nos apartamos de las exigencias, los sacrificios y los esfuerzos o incurrimos en el expediente reiterado de achacar nuestros fracasos a la acción u omisión de los demás, nos volvemos también como niños, pero de manera indeseable, y nos engañamos a nosotros mismos.

Sin volver a la infancia, hacernos como niños.

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Volviendo al texto de Nietzsche, no puede olvidarse que el niño es imagen auténtica de Jesús de Nazaret, supremo modelo a que aspira lo más propio y lo más íntimo del hombre occidental. Como lo afirma la psicología junguiana, Jesucristo es el Arquetipo, resplandeciente en lo profundo de nuestras almas, como la máxima meta o el solo destino por alcanzar. Que aquí se nos muestra en su imagen de niño Dios. Porque ¿volvernos como niños, no es acaso un poco volvernos como Dios?

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Estas notas las hice paralelamente a la lectura de Recuperar el niño interior, una obra colectiva en que colaboran Carl Gustav Jung, Gaston Bachellard, M-L. von Franz, J. Hillman, entre otross (ed. Jeremiah Abrams, Kairós, Barcelona 2001).

 


Poderosas palabras son también las que dice Carl Gustav Jung sobre la imagen arquetípica del niño en su Libro Rojo, como luego se verá.

Esta entrada es reedición de una del año 2012, motivada por mi actual dedicación a la lectura y estudio del Libro Rojo.


 © Lino Althaner
2014