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Francois de Chateaubriand (1768-1848)

El año ha sido de libros memorables, varios de ellos pertenecientes al  ámbito de la historiografía. Para despertar en mí nuevamente el interés por la historia, fue importantísima la experiencia tenida con la lectura de las Memorias de Ultratumba de  Chateaubriand (Acantilado, 2012), obra magistral en la cual se combinan el brillante estilo de este autor, destacado precursor del romanticismo literario, con su calidad de testigo de los acontecimientos contemporáneos y posteriores a la revolución francesa, lo cual le permite una visión crítica de los mismos y de sus protagonistas: así, nos brinda su imagen, por ejemplo, tanto de la torpeza de los ensayos republicanos como de la brutalidad fanática del Terror,  y luego de las contradicciones del imperio napoleónico, de su gloria, de su oropel, de su pequeñez, y de la falta de genio de las restauraciones monárquicas, fracasadas una tras otra, de los muy pocos verdaderos heroísmos y de las múltiples inconsecuencias de los personajes de la época.

Esta obra, me parece, podría ser muy beneficiosa para los amigos, que no escasean, de suscribir versiones más bien unilaterales y absolutas de los hechos o de los personajes que pueblan la historia: yo lo recomendaría, por cierto, tanto a los apasionados denostadores de la monarquía, que la ven pura maldad y egoísmo, como a los admiradores incondicionales de Napoleón o a los nostálgicos -que también los hay- del Terror y de la guillotina, para los cuales todo está permitido si es para bien de sus  discutibles postulados. Me parece detectar en Chateaubriand la opinión de que la historia tiene su propia dinámica y que su dirección difícilmente puede ser alterada por el hombre, pues éste lo más que puede hacer es tomarle el pulso para ajustarse sabiamente a su sentido, tratar de prevenir de algún modo su curso y disminuir el riesgo de ocurrencia de calamidades, injusticias manifiestas y derramamiento de sangre. Como suele ocurrir con quienes, lejos de los extremismos y de los lugares comunes profesados por la opinión pública, tratan de buscar un camino intermedio que resguarde la unidad, Chateaubriand termina siendo antipático tanto a los monárquicos furiosos como a sus similares republicanos.

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Georges Duby (1919-1996)

De la mano de Georges Duby he hecho también una pequeña gira por la historia de la Francia medieval. La recopilación de trozos selectos de su obra por Beatriz Rojo para el Fondo de Cultura Económica (Obras selectas de Georges Duby, 1999) nos da una idea acertada acerca de la obra de este autor. Los retratos que traza el historiador francés de personajes tales como Guillermo el Mariscal, figura señera de la caballería anglonormanda del siglo XII, Leonor de Aquitania, la famosa duquesa de Aquitania, reina consorte, sucesivamente, de Francia y de Inglaterra, y madre de Ricardo I de Inglaterra, Coeur de Lion, o Isolda, la mítica dama de aquellos tiempos, exaltada por narradores, poetas y músicos, son inmensamente atractivos. Asimismo las secciones dedicadas a la vida de los señores feudales y al mundo campesino, como también a la construcción de las portentosas catedrales góticas, páginas en las cuales impera, como es usual en Duby, un soberbio uso del lenguaje, exacto para expresar su pensamiento y encantar las circunstancias del pasado que merecen su atención.

Y luego se me ha venido encima Ferdinand Braudel con su voluminosa Historia del Mediterráneo y del mundo mediterráneo durante la época de Felipe II (Fondo de Cultura Económica, 2013), obra cuyo ambicioso espectro abarca no sólo el análisis de los acontecimientos, sino que se atreve con maestría a ubicarlos en el tiempo geográfico, en los lentos ciclos del entorno físico, en el cual se manifiestan los cambios geológicos, las estaciones y el clima, los ciclos agrícolas, los nomadismos, las trashumancias y los tráficos por las rutas terrestres, los caminos fluviales y marítimos, y los pasos alpinos, como también en el tiempo social, menos lento que el anterior, y comprensivo de las tensiones y altibajos en las relaciones sociales y económicas del periodo que estudia.

Fernand Braudel (1902-1985)

Fernand Braudel (1902-1985)

La ciencia y el arte de Braudel casi hacen del Mediterráneo un organismo vivo, palpitante de energías, que despierta a los espíritus aventureros y suscita la ambición, promoviendo atracciones y rechazos en los grupos humanos que se disputan el dominio de una región en que confluyen las fuerzas de tres continentes, Europa, Asia y África.

El drama de la España de Felipe II se genera, a juicio de Braudel, en el momento en que, habiendo alcanzado en ese entorno mediterráneo una notable hegemonía, se abren para ella las vías y las perspectivas, los desafíos inmensamente más vastos del Atlántico, espacio en el cual hallará junto con su máxima gloria la simiente de su decadencia como gran potencia europea.

Termino la lectura de esta obra, fascinado con la forma en que se va completando mi conocimiento de este período, que corresponde al siglo XVI, la espléndida centuria que se abre, inmediatamente después de la consolidación de la hegemonía hispana en la península por Isabel de Castilla y Fernando de Aragón,  y de aquel fenomenal acontecimiento que es el descubrimiento de América -“la gesta más extraordinaria de la historia de la Humanidad”, según otro historiador francés, Pierre Vilar- y en la cual gobiernan el país esos tremendos personajes de la dinastía de Habsburgo que fueron Carlos I y su hijo Felipe II. Un tiempo esplendoroso, parece que impropiamente llamado Siglo de Oro, si es seguro el consenso de entender que esta época de brillo renacentista y barroco se prolonga hasta las postrimerías del siglo siguiente, cuando muere, en 1681, Pedro Calderón de la Barca, el último gran escritor de la época. Así, pues, a fin de cuentas, en estas inmersiones en el siglo de Carlos y de Felipe, no es posible dejar de considerar también las glorias del XVII.

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Esta época dorada se ha vuelto todavía más apasionante con la llegada a mis manos de otro estudio histórico magistral, también de un historiador e hispanista francés, Marcel Bataillon. Se trata de un libro indispensable para saber del desarrollo de las apetencias espirituales de los españoles del momento: Erasmo y España (Fondo de Cultura Económica, 1996). Un libro polémico y apasionante, que nos inicia en las tendencias filosóficas, teológicas y religiosas detectables en la península en la época inmediatamente anterior a la Reforma: es la época de Antonio de Nebrija, autor de la clásica Gramática de la Lengua Española (1492), del Cardenal Cisneros, que funda la Universidad de Alcalá de Henares (1499) y se compromete con la edición de la Biblia Políglota Complutense (1514-1517).

Son también los tiempos de Erasmo de Rotterdam, el eminente humanista, que si bien nunca visita España, ejerce en sus círculos ilustrados una poderosa influencia, promoviendo un cristianismo más interior y espiritual que exterior y formalista, más ocupado de la fidelidad a la philosophia Christi que de las dogmáticas teológicas desmesuradamente minuciosas e inflexibles. Es el tiempo en que se da una lucha entre tendencias en cuyos extremos se ubican iluministas y oscurantistas, entre estos últimos tanto católicos como protestantes, sordos a los esfuerzos de Erasmo para promover la unidad cristiana y el fracaso del cisma que se viene encima.

Este es el mundo que trataré de esbozar, por cierto que imperfectamente, a través de sus personajes, de sus huellas, 09733-hu.bm-01de los grandes acontecimientos y las grandes obras del siglo. Espero que ello procure algún regocijo a mis lectores amantes de la historia, tan importante para los efectos de entender un poco mejor nuestra ubicación espacial y temporal y saber de nuestros orígenes, como también para descifrar en alguna medida el porqué de nuestras costumbres y nuestras creencias. También, para ser conscientes de la existencia de pueblos y culturas distintas a las nuestras, que debemos saber comprender y aceptar. Profundizar en el acaecer histórico, ¿para qué? Para convencernos de que nada o casi nada ocurre por primera vez, que todo es en cierta medida, repetición del pasado,  y que si ignoramos los hechos del pasado o accedemos a ellos desprovistos de objetividad, corremos el riesgo de repetir los errores pretéritos, y probablemente en una espiral de creciente intensidad.

¡Qué labor, a propósito, la de esta editorial mejicana, el Fondo de Cultura Económica, qué dedicación y qué constancia, para difundir las grandes obras del pensamiento universal entre los lectores de habla hispana! Tres de los importantes libros mencionados en esta entrada han salido a la luz precisamente bajo el sello de esa prestigiosa casa editora.

© Lino Althaner